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No medicalicemos la vida cotidiana

Joan Carles March
Profesor de la Escuela
Andaluza de Salud Pública

En 2021, una media de 110 españoles por cada mil habitantes consumió una dosis de benzodiazepinas al día, encabezando España el consumo mundial de las mismas. Eso es más del 10% de la población. La medalla de plata se la cuelga Bélgica, con 84 dosis diarias por cada mil habitantes y le sigue Portugal, 80 dosis por cada mil habitantes. Y en ese entorno, los mayores están enganchados a los tranquilizantes, ya que más de una cuarta parte de los mayores de 65 años toman este tipo de psicofármacos, con un 25% (más de 2,3 millones de personas) que las han tomado. Y, entre los mayores, las principales consumidoras son las mujeres (34,1%, frente a 15,4%).

Y cuál es el problema añadido? Su uso suele ir mucho más allá de sus indicaciones. Las benzodiacepinas son los medicamentos a los que más se recurre para tratar el insomnio o la ansiedad y la mayoría de las veces son la única alternativa que se le ofrece a un paciente. Los pacientes quieren pastillas para dormir, para los nervios, para superar problemas… Cuando no hay accesibilidad correcta por ejemplo a psicoterapia, la solución más rápida es prescribir estos medicamentos, que tienen sus indicaciones (la duración del tratamiento indicada es de 2 a 4 semanas en el insomnio y de 8 a 12 semanas en la ansiedad, con retirada gradual), pero cuyo uso se cronifica y se extiende demasiado a menudo de forma indefinida. Las tendencias de la pandemia predicen que hoy son más los consumidores de benzodiacepinas. En 2021 el consumo de ansiolíticos diarios fue 2,4 millones mayor que en 2020 y algo más de 6 millones más que en 2019. En 2021, la venta de antidepresivos y ansiolíticos creció un 6 y un 4% respectivamente. El consumo de tranquilizantes no solo afecta a los adultos sino que también se ha disparado entre los jóvenes. Según la Encuesta sobre el Uso de Drogas en Enseñanzas Secundarias, en 2021 se redujo el consumo de todas las sustancias menos de tranquilizantes, sedantes y somníferos entre la población de 14 a 18 años.

Todo ello va ligado a la medicalización de los problemas de la vida cotidiana, a las reacciones emocionales negativas, como la frustración, la rabia, el sufrimiento o la pena. Hemos desarrollado una intolerancia al sufrimiento, que tratamos de calmarlos con fármacos, junto a una ampliación de los límites de los trastornos mentales, con falta de acceso a intervenciones no farmacológicas. La pandemia ha acentuado esta tendencia, ha aumentado la demanda y, ante una Atención Primaria colapsada que no puede ofrecer alternativas, ha generado un incremento de estas prescripciones, al impedir a los/as médicos/as probar primero con sus pacientes otras opciones terapéuticas menos invasivas y sin riesgo de dependencia.

Por tanto, uno de los grandes problemas de nuestro país es el aumento en el abuso de ansiolíticos e hipnóticos, muchas veces usados en el abordaje del insomnio. Las guías internacionales recomiendan limitar su uso a casos en los que han fracasado medidas no farmacológicas, especialmente higiene del sueño, meditación o técnicas cognitivo-conductuales.

La buena noticia es que de los psicofármacos, pese a que causan adicción, se sale. Los psicofármacos, además, no suelen llegar solos. Los mayores suelen ser víctimas de una cascada farmacológica, que les lleva a tomar un medicamento para la tensión, otro para que no les haga daño al estómago, otro para el colesterol… Y a estos se suman psicofármacos, añadiéndose unos a otros a lo largo del tiempo: ansiolíticos, antidepresivos, hipnóticos…

Mucho por hacer para disminuir su uso y abuso. Menos benzodiacepinas y más medidas no farmacológicas para atender el insomnio o la ansiedad.

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