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Somos médicos y no todo el mundo puede decir lo mismo

Miguel Lázaro
Psiquiatra HUSE
Coordinador del Centro de Atención Integral de la Depresión

No es por fardar pero ya salimos en la Constitución persa, que es lo que era el Código de Hammurabi, hace ya muchísimos años. Y mira que ha llovido desde entonces. Ya nos queda menos para que la UNESCO reconozca la relación médico-paciente como patrimonio inmaterial de la humanidad. No todo el mundo puede decir lo mismo. Como el objeto de lucro de la profesión médica es la salud de las personas y su mayor compromiso la preservación de la vida humana se trata de un oficio de altísima responsabilidad, que exige de quien lo ejerce un alto gradiente ético, una sólida formación técnica y científica que le permita decidir correctamente en situaciones de incertidumbre y una condición moral que le sirva de guía al enfrentarse a las fronteras del conocimiento. El médico debe ser objetivo y debe ser compasivo; debe aprender a respetar las creencias de sus pacientes, así no las comparta; debe tener sentido de solidaridad social; debe saber conservar una prudente distancia afectiva en su actuación profesional, pero sin olvidar la condición humana de los enfermos y sus familiares; debe ejercer liderazgo sobre el resto del equipo de la salud, sin actitud despótica, pero con firmeza; debe ser tolerante, comprensivo y flexible con los pacientes, familiares y colegas, sin renunciar por eso a sus opiniones y sin perder nunca de vista que el único fin de su actuación es buscar el beneficio del enfermo. Debe ser plenamente consciente de sus limitaciones como profesional y, sobre todo, debe ser consciente de su capacidad de error, sin permitir que esta percepción deteriore la calidad de su ejercicio profesional por pérdida de la confianza en sí mismo.

Sólo no se equivoca quien no actúa, y no actuar, ya es una equivocación. Estas condiciones no son innatas. Estas son condiciones que se cultivan durante años, y se retroalimentan y perfeccionan en la medida en que, con constancia y motivación, el médico aprende del contacto diario con sus pacientes, sus colegas, las diversas instituciones en las que trabaja, en fin, de la sociedad entera. Estas condiciones requieren, como todo lo relacionado con la medicina, de predisposición vocacional y dedicación de por vida, y el costo de su aprendizaje es invaluable, ya que «el arte es largo y la vida corta”. El ejercicio profesional del médico es una causa bien reconocida de estrés y desgaste no sólo físico sino también psíquico, pues la enfermedad no conoce de horas de descanso, de horarios nocturnos ni de días festivos. La relación médico-paciente es una alianza, cada vez más horizontalizada y menos paternalista, en la que se respeta la autonomía del paciente en la toma de decisiones. Clave el consentimiento informado. El paciente está cada vez más informado y quiere que, aunque no sabe medicina, se respeten sus valores. De ahí la necesaria deliberación entre el médico y el paciente. Ese es el arte del quehacer médico: la confianza en la relación entre el médico y el paciente. La profesión médica se caracteriza por un elevado profesionalismo, responsabilidad, ciencia y conciencia. Sabemos que tenemos un alto grado de reconocimiento social, que los pacientes confían en nosotros, que nuestro compromiso ha sido total en tiempos difíciles, pero exigiremos el respeto que nos merecemos a los nuevos dirigentes políticos. Para muestra del compromiso médico, ahí están las 130 lapidas de muertos médicos en activo por y en la pandemia. No necesitamos la empatía de los políticos, a los que hay que recordarles que no hace falta apagar la luz del prójimo (es decir el faro médico) para que brillen otras luces de otros colectivos. Los médicos han cumplido, cumplen y seguirán cumpliendo. Ahora es la hora de que el Govern reconozca de verdad y no con retórica vacua y liviana el protagonismo asistencial de los médicos. 3.500 médicos, lo esperamos ya. Recuerden que no estamos en derrota y mucho menos en doma.

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