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Joan Calafat

Dr. Fco. Javier
Alarcón de
Alcaraz.
Médico-Forense.
Especialista en
Medicina Legal.
@Alarconforense

Si la columna del otro día era un abrazo entre dos vivos, la de hoy es un abrazo entre dos muertos. Sin apenas diferencias. Un abrazo en el que quien más apretaba el otro día aprieta menos en ésta, una diferencia de fuerza aleve que marca la distancia entre dos amigos: sólo uno puede escribirle al otro.

Si desde tiempo inmemorial, si desde siempre, si desde que empezamos esta andadura en esta revista, hemos escrito para los que no nos leen, a ver por qué no podía escribirle a Calafat su última reseña, a ver por qué no podía cometer la horterada de escribirle como si estuviera vivo. Él al que habitualmente no le quedaba más remedio que leer estos artículos.

Te escribo,Juan,de forma anticipada a que te mueras, porque me pedirán que diga algo de ti cuando llegue este día. Y me adelanto como se escribe al amigo al que quieres avisar de que algo le va a pasar, algo sublime, definitivo y puro. Llamarte para decirte que te estás muriendo es poco, mucho menos cuando lo que haces cuando te ves es hablar no sólo de tu muerte sino de esta muerte que aparece hoy en la revista como peor noticia sanitaria posible. Siempre nos adelantamos a la noticia. Nos vemos, nos abrazamos y cuando te pregunto cómo estás y me respondes bien, se nos iba la charla a la muerte, pero se nos iba la charla a la vida, a cómo vivirla, a darle gracias por habernos enseñado el verdadero sentido de vivirla, de vivir la muerte.

Como trabajábamos juntos, mientras vivías, yo me dedicaba a certificar tu vida, tu grandeza en esos y cada uno de los momentos de esas conversaciones finales, de esos ratos definitivos donde un hombre se enfrenta a la incertidumbre lúcida de su final. La prueba del nueve de la vida es esa, es mirar a alguien a los ojos cuando te mueres y sonreír y decir que has vivido todo, que has sentido la vida de la forma más profunda. La forma de la vida es esa: entender la muerte.

Cuando eso ocurre, la muerte es un signo más de lo enorme de esa vida, es cuando diagnosticamos de alguien esa tarea excepcional, esa forma de haber entendido lo que fue la vida y que tan pocos y tan poco entendemos mientras nos toca vivirla. Decir que viví la muerte de Juan es decir que he vivido gran parte de muchos de sus acontecimientos, es decir que no tuve jamás con este pedazo de cabrón una palabra de más o de menos. Jugábamos a vivir mientras él me suplicaba que lo que le escribía no pusiera en peligro su sostenibilidad (risas), artículos que sólo alguien como él sería capaz de publicar. Llegamos al acuerdo de que yo diría lo que me saliera de las pelotas y que él publicaría lo que le saliera de los cojones, pero – hoy hay que decirlo- en ese juego siempre ganó él. Seguí mandándole todo lo impublicable y jamás dejó de hacerlo. Si me sugería un retoque, era para proteger la poca reputación que se me muere con él. Esa era parte de su estirpe.

Escribir mientras se llora bonito, mientras se llora de verdad, mientras se llora de la alegría de la vida de un amigo es algo que se aprende cuando se vive. No es que sea triste, ni trágico, es algo que nace de lo más íntimo de ti, es algo inconsolable que quiere vivir este momento entre él y yo. ­­Es un test de vida que mide el perfume de la vida, que hueles cuando estás a dos y que es parte de ti.

Sin que él se entere, puedo escribir que Juan me ha hecho mejor en estos muchos años, que me ha cuidado, me ha querido y me ha evitado (risas) el suicidio de no publicar determinadas cosas corrigiéndolas a tiempo. Me permite hoy además escribir con esta nueva dimensión que es el sabor de las letras, con la distorsión del agua salada que siempre amó, una vida sin más miserias que las comunes perdonables, y que vino a crecer con su oleada, a hacer de lo que parecía imposible una forma fácil de vivir y de crear vida. Lloro feliz sintiendo a la familia que ha creado con Beda, con aquel inicio valiente del que me enteré tarde, mal y siempre, y con esos hijos que adornaron su último respiro de paz en paz, todo y aunque su pequeño siempre quisiera recortarme el sueldo. Te escribo antes de que te mueras, Juan, por la costumbre de que siempre lo hice mientras estabas vivo, porque ésta no iba a ser una ocasión distinta a compartirla vida tal y como siempre lo hicimos.

Con tu muerte se termina esta letra del subiendo a la derecha de la segunda página de tu revista, amigo. Ya no tengo a quien mandarle el problema añadido, ya no sé a quién insultar más allá de a la propia vida que te conduce a un lugar en el que ya hemos quedado. Te pedí que abrieras huella, que nos esperaras al resto para compartir la generosidad que ha sido tu vida para todo el que ha conocido de ti, pero veo la huella y llueve, como el otro día.

Dice el budismo que la voz nunca muere, que se queda para siempre en el espacio. Esa es, sin saberlo, sin haberlo sabido, el origen de la radio, el misterio de saber encontrar un receptor con la sensibilidad suficiente para hacerla visible. Esa es en mi recepción la forma definitiva de saber que los comunicadores nunca mueren, el lugar eterno para el reencuentro. Recuérdame tu ejemplo cuando sintonice, y disculpa desde estas gracias que te escriba en presente lo que ya es para siempre. Si ya no hay tiempos verbales, las que han muerto son las palabras Gracias por tu vida en mi. Descansa lo merecido y que el tiempo, que acaba con las falsedades del tiempo, nos de vida en otro lugar. Hasta el siempre.

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