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Un bolero para Carlos Campillo

José María Rodríguez Coso
Diplomático

Que Carlos Campillo fue un brillante médico y un riguroso experto en salud pública, nadie lo discute. Sin embargo, lo que la mayoría de la gente ignora es que tras el estudioso y el científico había un doctor, no solosabio y generoso, sino dotado también de ciertos poderes mágicos.

Uno de los primeros que saltaba a la vista era su enorme capacidad de trabajo y su generosidad profesional. Como consecuencia de lo anterior se acumulaban en cascada sobre su cabeza consultas médicas, revisión sobre diagnósticos, artículos científicos, prólogos a libros, encargos para conferencias… A todo ese magma de actividades se enfrentaba con entusiasmo, sabiendo por adelantado que el éxito estaba garantizado gracias a uno de sus más efectivos poderes mágicos: rodearse durante toda su vida de amigos, profesionales y colaboradores con los que le unía una complicidad profunda y una fidelidad de catacumba. A pesar de su legítima excelencia académica, Campillo nunca buscó el reconocimiento o la exhibición pública, sin embargo siempre le preocupó, y mucho, el respeto de sus colegas e iguales. El rigor fue siempre parte de su ética, junto a una curiosidad insaciable y una entrega absoluta a la medicina en sus sentidos más amplios.

Carlos Campillo fue un renacentista, un médico humanista e ilustrado como pocos. Su ilustración iba de las mayúsculas a lo, aparentemente, más pequeño o simple. Mayúsculas por entender su profesión como un obligatorio y profundo compromiso entre la RAZÓN y la CIENCIA, tratando de iluminar los rincones sombríos de la ignorancia, la superchería y el sectarismo. Pero con minúsculas, también trataba de aclarar lo oscuro o incomprensible. El doctor Campillo, por ejemplo, tenía el raro don de convertir el lenguaje médico, siempre esotérico y amenazador para los legos, en un discurso inteligible y didáctico para el común de los mortales. En esto, como en tantas otras cosas, era extraordinario.
Su batalla en defensa del conocimiento, la razón y la ciencia era a veces agotadora, y en escasos momentos de desfallecimiento musitaba en voz baja “estamos rodeados”; sin embargo recuperaba no se sabe de dónde sus poderes mágicos y se entretenía entonces en preparar una conferencia sobre enfermedades raras (una de sus tantas preocupaciones médicas) trufándola con anécdotas divertidas, o inquietantes, sobre sus admirados creadores de la Europa de entreguerras. Él era así.

Pero el mago Campillo no solo desplegaba sus encantos en el campo profesional y para los privilegiados que estábamos más cerca de él, nos reservaba sus ceremonias y conjuros más íntimos en su casa de Arabela Park, donde ejercía de druida y organizaba veladas gastronómicas, mezcla de alquimia y rito de iniciación.

En aquellos encuentros entrañables el doctor elaboraba aquellas pizzas perfectas que mezclaban la delgadez crujiente de las napolitanas con el aroma fresco de la coca mallorquina. Se produjeron también en aquel templo del paladar y la amistad hitos históricos como el descubrimiento de la hamburguesa con cava o las tostadas de tortilla, miel y sobrasada “coenta”.
Su abanico de intereses era tan amplio, que a veces lo abrumaba. Un día me confesó, casi avergonzado, “no puedo con la poesía, me he leído más de un centenar de clásicos y no la acabo de captar…” Le confesé que lo mismo me sucedía con el ballet. Intercambiadas tan íntimas y vergonzosas confidencias, sellamos un pacto de silencio con un arroz a banda memorable. Por otro lado, Campillo tenía también su lado vitalmente adolescente. En su agenda trepidante había que recordarle los horarios de Misa (el Barça jugando en La Liga) y Misa Solemne (el Barça en la Champions). Catalán y culé, convicto y confeso, pero sin alharacas y sin exclusiones. Discreto incluso en los mejores momentos.
Si sumamos curiosidad y cultura también surge el verbo viajar. Carlos Campillo viajó por los cinco continentes, raramente por puro turismo, siempre atado a un ancla profesional, siempre un posible contacto médico o de cualquier otra profesión. Al regreso de cada viaje reflexionaba sobre lo visto, tratando de mejorar lo nuestro. El mago Campillo utilizaba a menudo la palabra admiración, por lo demás, por los demás.

Compartimos algunos de esos viajes, Cuba entre ellos, que él mismo determinó como su “epifanía”. Carlos llegó a Cuba de la mano de un grupo de brillantes investigadores y científicos cubanos que trabajaban entonces entre Washington y La Habana. Cuando, de la mano de sus amigos, aterrizó en la isla, el aplicado y estudioso doctor Campillo explotó. La fuerza y vitalidad de la música cubana le golpeó y transformó para siempre. Entonces, cuando no estaba en las conferencias científicas, lo encontrabas bailando un guaguancó en Centro Habana o tocando las congas con la mítica Yoya. Fue en La Habana donde pronunció Campillo, por primera vez que recordemos, uno de sus mantras vitales: “carpe diem”, aprovecha el día, vivamos y disfrutemos mientras se pueda.

La muerte de su madre y las circunstancias de la pandemia le empujaron a una actividad frenética. “Esto es histórico”, decía, y trabajó con denuedo hasta el final.
Pero lo cierto es que, tras sus encantos y poderes, el gran secreto del mago Campillo, su varita mágica, era y es Mariasun. Esa vasquita inteligente y determinada que maceró las inquietudes del hombre, asentó su rumbo en la vida y le masajeó el alma durante cuatro décadas. Es ella el gran sortilegio de su Carlos.

Carlos Campillo se fue el 22 de diciembre. Ahora que no podemos corresponder como se merece a toda su bondad, no nos queda más remedio que estarle agradecidos para siempre. Se fue el día de la Lotería pero, que yo sepa, jamás compró un cupón. La última broma del doctor.

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