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El Anuario del Envejecimiento de la UIB destaca en su edición de este año la necesidad de los cribados de cáncer en la población mayor

La Universitat de les Illes Baleares ha presentado la edición correspondiente a este año de su anuari-envelliment-2021. El Anuario del Envejecimiento es el resultado de la colaboración entre la Conselleria d’Affers Socials del Govern balear, el Departamento de Derechos Sociales del Consell de Mallorca y la Universitat de les Illes Balears.

Iniciativa del Grupo de Investigación y Formación Educativa y Social (GIFES), del Departamento de Pedagogía y Didácticas Específicas y la Cátedra de Atención a la Dependencia y Promoción de la Autonomía Personal de la UIB, tiene el apoyo de la Fundación Guillem Cifre de Colonya de la Caja de Ahorros Colonya, y de la Sociedad Balear de Geriatría y Gerontología.

Uno de los estudios de la edición de este año señala que alcanzar la vejez es la principal causa de ser diagnosticado de un cáncer, aunque en muchos casos esta circunstancia -ser una persona de edad— puede asociarse a un mejor pronóstico de la enfermedad.

Dada la incidencia del cáncer de colon en toda la población, de mama en las mujeres y de próstata en los hombres, y dada la alta mortalidad en ambos sexos por cáncer de pulmón, estos cuatro cánceres deberían focalizar nuestra preocupación en el trabajo oncológico.

Respecto al cáncer de pulmón, la edad media en el momento de la diagnosis es de 70 años. Nueve de cada diez cánceres de pulmón están relacionados causalmente con el tabaco, pero también con ser fumador pasivo, que ve incrementado en un 35% su probabilidad de sufrir un cáncer de pulmón en comparación con el no fumador. Solo se cura un 15% de cánceres de pulmón.

Al hablar del cáncer de mama, la precisión de género no es ociosa: sólo uno de cada cien cánceres de mama aparece en un hombre, por lo general de edad avanzada. La edad media de diagnóstico aproximadamente son 62 años. El incremento de diagnósticos se acentúa a partir de 50 años, por lo que los programas de prevención secundaria se inician a esta edad.

Este cáncer es más frecuente en mujeres que han tenido la primera regla antes de los 12 años y la última después de los 55, que no han tenido hijos o en mujeres que los han tenido más allá de los 30 años, con riesgo incrementado si, además, no han lactado, de acuerdo con el estudio epidemiológico que incluye esta edición del anuario.

La mayoría de los cánceres de próstata se diagnostican más allá de 60 años, por lo que se recomienda que el control preventivo y de diagnóstico precoz se inicie a los 50 años. Se curan 8 de cada 10 cánceres de próstata. Esta cifra puede mejorar si la investigación en prevención y tratamiento en curso va dando sus frutos.

Por último, el cáncer de colon presenta un incremento muy evidente a partir de 50 años, edad que, en consecuencia, debe ser la de inicio de la aplicación de los controles clínicos y de los programas preventivos. Representa una importante labor social y educativa modificar sus factores de riesgo.

Estos factores de riesgo son, básicamente, la alimentación —que debe ser poca grasa, con pocos alimentos procesados, poca carne roja, mucha verdura, fruta y legumbres—, nada de tabaco y consumo muy limitado de alcohol, mejor nada. Al igual que en el caso del cáncer de mama femenino, el programa de cribado ha dado grandes resultados donde ya ha sido aplicado.

Otra de las conclusiones de los artículos publicados en esta edición es que las mujeres mayores sufren con mayor medida la violencia de sus parejas actuales y, además, tienden a ocultarlo: Las 1.118 mujeres asesinadas en España desde 2003 (40 en las Islas Baleares) son sólo la punta del iceberg de la violencia que sufren las integrantes de este colectivo.

Asimismo, más del 60% de las mujeres, un 20% en el último año, declaran haber sufrido violencia (Macroencuesta de violencia contra la mujer, 2019). Más del 10% de mujeres asesinadas entre 2009 y 2020 tenían más de 61 años. La Macroencuesta de violencia contra la mujer revela que más del 42% de las mujeres de 65 y más años han sufrido violencia a lo largo de la vida.

También releva que una de cada cinco ha sufrido violencia psicológica y un 10% ha sufrido violencia física o sexual alguna de sus parejas a lo largo de la vida. Destaca que las mujeres de 65 y más años presentan más porcentajes de violencia ejercida por la pareja actual que otros grupos de edad y que en muchos casos el maltrato termina con el fallecimiento del maltratador.

Otra característica de las mujeres mayores es que la denuncia de violencia sufrida y la búsqueda de ayuda formal (psicólogos, servicios sociales…) e informal (amigos) es menor que en colectivos más jóvenes (Orte y Sánchez -Prieto, 2010). Además, con frecuencia esta violencia suele categorizarse como maltrato a las personas mayores y no como violencia de género.

Que la violencia contra las mujeres es un fenómeno preocupante y conocido lo pone de relieve el hecho de que se dedique un día mundial, el 25 de noviembre, a trabajar para eliminar la violencia contra las mujeres. Efectivamente, los fenómenos de violencia son múltiples y provocan impactos sobre distintos aspectos de la vida de la mujer.

Estos procesos pueden conducirla a procesos de ansiedad, depresión, consumo de alcohol y otras sustancias y, en casos extremos, al suicidio. Un motivo principal de la invisibilización de la violencia de género en la mujer mayor es la falta de denuncia, junto con la inadecuada categorización, que dificulta que se detecte y, por tanto, que se intervenga.

Para poder dar respuesta a esta problemática, se desarrolla el primer protocolo de detección de violencia de género en la anciana. El protocolo lo han desarrollado el Ajuntament de Calvià y la Universidad de las Islas Baleares, con una subvención concedida por el IB-Mujer.

El protocolo desarrollado por las doctoras Carme Orte Socias y Lidia Sánchez-Prieto se ha basado en el Estudio sobre la violencia de género en mujeres mayores de sesenta y cinco años. Los resultados verifican que, asociadas al colectivo de mujeres mayores, se generan situaciones y barreras que favorecen la vulnerabilidad de estas víctimas.

Entre las principales barreras destacan: la dependencia emocional y/o económica, sentimientos de culpa o vergüenza y temor a las consecuencias. Los profesionales verifican que la vía de detección más frecuente y viable son los servicios de atención directa, esto es, los profesionales. Se manifiesta que las denuncias las presentan principalmente los profesionales.

Por tanto, se justifica y defiende la necesidad de un protocolo común de detección de la violencia. A su vez, se remarcan aspectos que debe incorporar el protocolo, como priorizar la violencia psicológica (la violencia más común en el colectivo de mujeres mayores). Igualmente se señalan consideraciones a tener en cuenta a la hora de aplicar el protocolo.

Otro de los capítulos del libro de este año estudia el papel de la familia en los centros residenciales como un ámbito más de trabajo estratégico, como puede ser el ámbito sanitario o el psicológico, al tiempo que analiza cómo se vive este papel desde la perspectiva del centro, en muchas ocasiones una perspectiva muy crítica con la familia.

También se analiza cómo vive el ingreso y estancia en el centro residencial la familia: posibles sentimientos de culpa, actitud crítica con el centro, sentimientos de dejadez de las funciones de cuidados, etc., algo que debe vivirse como una parte más a trabajar, desde el punto de vista de la importancia que le da, con la que la vive, la persona que ingresa en el centro.

Esta persona necesita un acompañamiento de la familia en esta nueva etapa y saber que velarán por ella. Es necesario ver desde una perspectiva positiva que si la familia y el centro tienen una buena relación y tienen el mismo objetivo, el bienestar de la persona residente, así lo transmitirán.

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