La tele de Son Espases

Dr. Fco. Javier
Alarcón de
Alcaraz.
Médico-Forense.
Especialista en
Medicina Legal.
@Alarconforense

Me scribe un amable oyente vía twitter y me recuerda que se ha gastado la mitad de la pensión estando ingresado en el hospital de Son Espases. Me cuenta que como pensionista va corto para atender los gastos comunes de vivir, que no es muy generoso con las propinas en los restaurantes y que no suelta un clavel en la capilla del hospital. Vamos, me dice que no es “muy suelto” con los euros.

Dice que nunca pudo llegar a imaginarse que ver Sálvame y la isla de los famosos le pudiera salir tan caro, que estando convaleciente de una Neo de próstata no le quedaba más remedio que tirar de la tele que su compañero y él tenían a medias y donde solo pagaba él. Los niños prostáticos no sólo hacen daño a los servicios de urología, liquidan cualquier posibilidad de financiar a medias el abuso incomprensible y despiadado de un medio de comunicación metido a entretenimiento, la válvula de psicoescape de un ser humano enfermo. La Constitución dice que uno tiene derecho a recibir información, pero sobre todo a pagársela siendo pobre.

Iba a preguntarle por los sillones en los que reposan a duras penas y eternamente los familiares de los pacientes enfermos que velan sus sueños, por los maltrechos nocturnos que controlan sin tener que hacerlo la vida de los goteros de sus queridos, pero no me atreví.

Qué más debe dar que en Burundi las camas de los pacientes sean peores que las butacas infectas de ergonomía dudosa y de flexo-extensión incomprensible, si a cambio puede aparcarse el dios coche en una plaza cómoda y confortable. Pronto tendremos okupaciones de las que hablar en nuestros artículos en los hospitales públicos de nuestra comunidad, asaltos a cualquier cama vacía como si fuera la dignidad a la vivienda de la que también habla la constitución española.

Te irás a fumar a la entrada y un pieza se habrá colocado en tu cama articulada o en tu sillón desvencijado.

Al tiempo Preferí preguntarle sobre si seguían cerrando la sala de espera de los familiares (sí, la del microondas, la de reunirse la familia para tratar los temas de la enfermedad del familiar sin victimizarle, la del escape y la del respiro del dolor familiar) y me dijo que ahí seguía, cerrándose a las 23 horas. Seguramente será para evitar timbas ilegales frente al control de enfermería, o para inhibir el trapicheo estupefaciente de ibuprofeno, ahora que vienen con receta médica y nos financian los artículos.

A los chicos de los facultad, a los futuros compañeros de la “clase” médica en franca decadencia, les recomiendo como práctica imprescindible que vivan un día entero como acompañante de paciente, quedando a la espera de ser ellos los enfermos.

Que sientan como se siente el compañero que vive junto al paciente de cualquier habitación 403 de cualquier hospital público de cualquier lugar del mundo. Que duerman bajo el abuso televisivo sobre el colchón de una butaca pública, y que al levantarse con el gallo observen si se les arrugó la bata que su madre o su padre le habían planchado con amor la mañana anterior. Esa es la única de saber si no dormías o de si soñabas.

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