
Codirector de la Escuela de Pacientes de Andalucía
En 2024, 3.953 personas en España perdieron la vida por suicidio. Y se registraron 98 fallecimientos por suicidio en las Islas Baleares. Esto convierte al suicidio en la principal causa de muerte no natural en Baleares ese año.
Detrás de cada número hay historias truncadas, familias devastadas y comunidades golpeadas. Estas cifras no son meras estadísticas: son un reflejo de cómo nuestra sociedad gestiona la soledad, la desesperanza y la falta de redes de apoyo.
Evolución global: una tendencia preocupante
Si observamos los últimos años, el suicidio en España muestra una evolución relativamente estable, con cifras que rondan entre los 3.900 y 4.200 fallecimientos anuales. Aunque los avances en salud mental y campañas de concienciación han tenido cierto impacto, la persistencia de estas cifras indica que la prevención no puede limitarse al ámbito sanitario. El suicidio es también un fenómeno social y comunitario, profundamente ligado a la calidad de nuestras relaciones y al sentido de pertenencia que sentimos.
Brecha de género
De los 3.953 suicidios en España en 2024, 2.902 fueron hombres y 1.051 mujeres, confirmando la histórica disparidad de género. Los hombres siguen siendo el grupo más vulnerable, probablemente por factores socioculturales que dificultan la expresión de emociones y la búsqueda de ayuda. Esto exige estrategias de prevención diferenciadas, capaces de acercarse a la realidad emocional masculina y generar espacios seguros para hablar y acompañar.
De los 98 casos en Baleares, 77 eran hombres y 21 mujeres, ello representa un 12 % más que en 2023, cuando se registraron 87 casos, siendo una de las cifras más altas de la última década, sólo por detrás de 2022 (109) y 2017 (103).
Según los servicios de emergencia de Baleares, el 061 atendió 3.359 intentos de suicidio durante 2024 y en estos intentos, hubo más mujeres atendidas (1.933) que hombres (1.426).
Juventud en riesgo
Entre los jóvenes menores de 25 años, 210 personas fallecieron, de las cuales 135 eran hombres y 75 mujeres. La juventud, a pesar de la vitalidad de sus años, está marcada por una profunda sensación de incertidumbre frente al futuro, ansiedad ante la vida adulta y soledad percibida. Este grupo exige intervenciones tempranas, orientadas a la resiliencia, el acompañamiento emocional y la construcción de redes de apoyo sólidas, tanto en el ámbito escolar como en el comunitario.
La tercera edad: un grito silencioso
Los datos más desgarradores provienen de la población mayor de 65 años: 1.144 fallecimientos, casi el 30% del total. En este grupo, el suicidio suele estar ligado a soledad no deseada, percepción de ser una carga y desesperanza ante el envejecimiento sin apoyo. Aquí, la sociedad debe asumir un compromiso activo: acompañar, incluir y valorar la experiencia de las personas mayores, reconociendo su utilidad y fomentando su participación en la vida comunitaria.
Reflexión final: un problema colectivo que exige respuesta colectiva
El suicidio no es un fenómeno aislado: refleja fallos estructurales en nuestra sociedad, donde la soledad, la presión social y la falta de redes de apoyo afectan a todos los grupos. Las estrategias de prevención más efectivas combinan:
- Intervenciones sanitarias: detección temprana, atención psicológica y seguimiento continuado.
- Redes comunitarias: vecinos, asociaciones y voluntariado que puedan detectar signos de aislamiento y ofrecer acompañamiento.
- Cambio cultural: promover la empatía, la escucha activa y la eliminación del estigma sobre la salud mental.
Prevenir el suicidio empieza en lo cercano, en mirar a los ojos, en escuchar el silencio y acompañar la desesperanza antes de que se convierta en tragedia. Los 3.953 fallecimientos en España o los 98 en Baleares de 2024 exigen una llamada urgente: necesitamos reconstruir nuestros vínculos humanos para que ninguna vida se pierda en la soledad y el olvido.











