Manual de verano para sobrevivir a las playas y las piscinas

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Un año más los especialistas alientan a los padres a vigilar a los más pequeños para evitar ahogamientos / Hay otros riesgos, como las infecciones o el exceso de sol

Cuatro minutos bajo del agua pueden condicionar el resto de la vida de un niño. Si no fallece por asfixia lo más probable es que su cerebro quede tan afectado que no salga jamás de un coma vegetativo.

Cuatro minutos, un tiempo muy largo si se pasa mirando el reloj, pero que no lo es tanto si se trata de una ‘distracción’ un día de playa o piscina.

De hecho, el mayor número de niños atendidos estos días de verano en los servicios hospitalarios por casos de ahogamiento procede de piscinas privadas (en hoteles, urbanizaciones con piscina comunitaria o piscinas en chalés). Los accidentados en el mar son, con mayor frecuencia, adolescentes y adultos. Las piscinas son zona de riesgo para pequeños.

El doctor Juan Carlos de Carlos, coordinador de la Unidad de Cuidados Intensivos Pediátricos (UCIP) del Hospital Universitario de Son Espases (HUSE), la única de su tipo en Baleares, estima que el 90% de casos de ahogamiento en niños pequeños que llegan al hospital en estos días de verano son procedentes de accidentes acontecidos en piscinas.

Es ahí donde «los padres han de estar siempre vigilantes», evitando cualquier despiste «ya que el niño puede irse a lo hondo sin querer, o sin darse cuenta del peligro» y teniendo en cuenta que un niño «puede lanzarse al agua sin saber nadar, sin entender el riesgo» llevado por la dinámica del juego, de la emoción.

El especialista admite que – afortunadamente -son pocos los casos realmente graves que se atienden en el hospital, ya que la mayoría de los niños que sufren un principio de ahogo no llegan a sufrir la parada cardiorrespiratoria y son reanimados cuando son rescatados por el personal socorrista con el que deben contar este tipo de instalaciones.

En una UCIP como la del HUSE se ingresan al año (en estas fechas) unos seis niños ahogados graves, informa el especialista: «de los cuales unos cinco salen bien. Uno de esos esos cinco sufrirá secuelas graves, como el estado vegetativo o la muerte. Hay que tener en cuenta que cuando el cerebro se daña por falta de oxígeno… no hay cura para eso». Los niños ahogados, añade el especialista, «han aspirado agua y eso dificulta la respiración.

Por ello deben ser sometidos a ventilación asistida en la UCIP». Una buena evolución, sin daños neurológicos, «llevará a una bajada de la inflamación de modo que será posible retirar la ventilación y el niño volverá a respirar normalmente».

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En los casos más graves, además de paliar la fiebre que pueda atacar, derivada de la infección que puede producirse en esas circunstancias al aspirar, se realizarán electroencefalogramas, TAC y/o Resonancia Magnética para detectar posibles afectaciones neurológicas.

Ante el riesgo, el pediatra intensivista anima a los padres o tutores a no perder de vista a los niños en ningún momento, pero además a proteger las piscinas con vallas especiales para niños pequeños. En los chalés, tapar la piscina en invierno con un plástico puede ser buen complemento de esas vallas.

De cara a las vacaciones y eventuales usos y disfrute de las piscinas, no estaría de más tener presente que estas instalaciones podrían ser caldos de cultivo – nunca mejor dicho –de transmisión de algunas enfermedades infecciosas, ante lo cual hay que llevar cierto cuidado que hay q u e tener especialmente con niños, no sea que una otitis nos amargue el verano.

Junto a estas precauciones no estaría tampoco de más algunas complementarias hacia ciertas afecciones que no suelen tener estudios epidemiológicos que las analicen aunque están presentes y pueden llegar a ser muy peligrosas, como los cortes con cristales o los golpes con los cantos de las orillas o con fondos bajos.

Otitis

Señalan los expertos que uno de los problemas infecciosos que se pueden generar en piscinas son las llamadas otitis del verano, que afectan más a los niños, especialmente a los que nadan mucho y sobre todo a los que bucean, prácticas éstas aconsejables para el desarrollo físico, pero siempre dentro de un orden.

Estas otitis no suelen generar la fiebre, tos o mocos de las otitis tradicionales, sino presentarse con una secreción purulenta o mucosa que sale del oído. La otitis durante los meses cálidos del verano afecta sólo al conducto auditivo externo, aunque no por ello deja de ser una enfermedad, y generar molestias.

Estas otitis externas vienen caracterizadas por la aparición de un dolor intenso del pabellón auricular, generalmente al tocar o movilizar la oreja para poner o sacar una camiseta, o al apoyarse para dormir, momentos en los que el niño se quejará y pondrá sobre aviso a los padres, pudiendo ser aconsejable ir al médico.

El tratamiento más eficaz de la otitis externa consiste en evitar la causa. Posteriormente, una vez instaurado el problema, el médico probablemente recetará la aplicación de unas gotas con antibiótico en el conducto del oído. La curación se produce en unos días, de modo que actuando a tiempo no será muy grave. Luego, si ésa ha sido la causa, habrá que evitar que el niño nade demasiado.

Se aconseja dosificar la permanencia de los niños en la piscina, especialmente el tiempo de buceo, que no debe ser muy prolongado. Un elemento alternativo o simultáneo para esta prevención es la protección de los oídos tapones de silicona.

Los especialistas aconsejan que los niños que bucean salgan periódicamente a tierra, a secarse y calentarse, bajo la vigilancia paterna. Durante este tiempo también se secan los conductos del oído, evitando así la otitis externa. Los niños delgados se enfrían y tiritan. Los gorditos, sin embargo, aguantan más.

Dermatitis y conjuntivitis

Otra cuestión a tener en cuenta es que cloro de la piscina puede irritar la piel, empeorando las dermatitis atópica de los niños con piel atópica.

También puede producir conjuntivitis química, algo que puede prevenirse utilizando las gafas adecuadas y que de no cuidarse puede generar muy desagradables síntomas.

Lo cierto es que el cloro acaba con la mayoría de microbios en menos de una hora (de ahí su uso sanitario en las aguas de baño). Sin embargo, también lo es que una piscina en malas condiciones favorece el crecimiento de bacterias, procedentes tanto de las mucosas del bañista como del agua o la tierra.

Tragar, respirar o entrar en contacto con esta agua contaminada puede ocasionar gastroenteritis, rinitis, conjuntivitis, otitis o la infección de una herida. Además, algunos patógenos sobreviven bastante tiempo a este desinfectante.

La enfermedad que se contagia con más frecuencia en las piscinas, aunque no por ello debe cundir el pánico, es la diarrea y, aunque la mayoría de los gérmenes que la ocasionan (‘Shigella’, ‘Escherichia coli’…) son sensibles al cloro, otros no lo son tanto. Todo lo anterior, en las piscinas.

Pero hay otros riesgos. Ir a la playa es uno de los mayores placeres del verano, una costumbre con frecuencia compartida por toda la familia.

Sin embargo, se trata de una actividad en cuya práctica debería aplicarse un ritual de cara a evitar problemas de salud que pueden ser graves.

En primer lugar, y ya se ha dicho miles de veces en diferentes foros, evitar las horas de máxima intensidad de sol, es decir, entre las 12.00 y las 16.00, aunque sean las más ‘cómodas’ porque permiten levantarse tarde y comer en la playa.

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