El Alzheimer: Vivir con la demencia

El Alzheimer es la principal causa de demencia entre personas mayores. Díficil de prevenir y por ahora sin curación, la ciencia avanza en la reducción del impacto y los síntomas de la enfermedad

alzheimer

Un día el abuelo, tal vez un señor recién jubilado o relativamente joven (sesenta y pocos años, por ejemplo) se pierde al volver a casa desde la parada del autobús que lleva 40 años recorriendo a diario. O la cocinera se olvida de la sal o de aquella receta que tan bien conocía.

Al principio el abuelo, la abuela no aceptan que pasa algo. De hecho, incluso se irritan. Este enfado es mayor en personas que durante su vida han sido inteligentes, profesionales, que han vivido de su cerebro. ¿Cómo puede ser que me falle la cabeza, que siempre ha funcionado?

Demencia no es lo mismo que locura o enfermedad mental. La demencia obedece a una degeneración del cerebro muy asociada a la edad. La locura tiene otros orígenes. Los ancianos que sufren una demencia no son enfermos mentales y deben ser tratados de otro modo.

En estos momento la Enfermedad de Alzheimer es la causa más frecuente de demencia entre los ancianos. Se trata de un trastorno grave, de origen degenerativo. En el cerebro del paciente se produce una pérdida gradual de neuronas cerebrales, por causas aún desconocidas.

Esta incerteza es la causa de que la enfermedad sea aún incurable —aunque se puede ralentizar su evolución— e imposible de prevenir en un ciento por ciento, aunque se pueden tomar muchas medidas para reducir el riesgo o lograr que aparezca más tarde en la vida del paciente.

La Enfermedad del Alzheimer reduce la memoria próxima. Esto hace que en estados muy avanzados los pacientes no sepan, por falta de recuerdos inmediatos, lo que les está pasando. Dónde están, con quién están. Que confundan a sus hijos con parientes antepasados.

O que no sepan a quién tienen delante, pese a que sea de un familiar que les haya acompañado durante toda su vida. Las ‘ideas’, las ‘salidas’, las ‘ocurrencias’, muchas veces reiterativas, de los pacientes, sus costumbres, sus manías, con frecuencia sacan de quicio a sus allegados.

Una injusticia triste, pero frecuente. Un error, considerales ‘culpables’ de esos gestos, que puede reducir la calidad de vida de los cuidadores, si se suma los problemas físicos habituales de cuidar a personas con capacidades físicas que llegan a estar muy reducidas. El enfermo de Alzheimer sufre un deterioro tan grande de su memoria, y de todo lo asociado a ello, que llega a olvidarse de comer, de alimentarse adecuadamente. Y en ocasiones muere por esa causa, ante la impotencia de sus familiares que no saben como cuidarle.

El cansancio del cuidador, unido a la culpabilidad que se siente ante la posibilidad de enviar al anciano a una residencia, hace que los enfermos de Alzheimer pasen de casa en casa, de hermano en hermano. Gran error. La rutina les favorece. Lo contrario los perjudica.

El enfermo de Alzheimer donde mejor está es una residencia adecuada, sea de día, sea las 24 horas. El problema es cuando el recurso es caro o no existe. Pero es allí donde mejor está. Quedárselo en casa puede parecer muy noble, pero en muchas ocasiones es peor para todos.

Esta enfermedad afecta a las zonas del cerebro que controlan el pensamiento, la memoria y el lenguaje. Afecta a la habilidad personal para llevar a cabo las actividades diarias. A corto plazo se olvidan las cosas que acaban de suceder. A largo plazo se pierden los recuerdos.

La patología empeora desde el momento en que aparece asociada con problemas del pensamiento, del juicio y otros trastornos de la función cerebral y cambios en la personalidad del enfermo, del anciano.

Se pierde la capacidad para aprender nueva información. Y para recordar cosas que se sabían en el pasado. Aparecen problemas para hablar y para expresarse con claridad, o para llevar a cabo actividades motoras o para reconocer objetos. Los pacientes, además, pueden sufrir un cambio en su personalidad.

Pueden aparecer dificultades para trabajar o para llevar a cabo las actividades habituales. En ocasiones pueden presentar síntomas similares a la depresión (como tristeza o problemas de adaptación) o a la ansiedad. Puede llegar a ser complejo, pero hay que evitar confundirse. Además, perder un poco de memoria no supone una demencia, un Alzheimer.

De un 25 por ciento a un 50 por ciento de las personas con más de 65 años tiene problemas subjetivos de pérdida de memoria. Los expertos suelen considerarlo algo normal que se asocia con la edad.

Las causas más frecuentes de demencia irreversible son el mal de Alzheimer y otras enfermedades como la enfermedad de Parkinson o la demencia por cuerpos de Lewy, que forman el grupo de demencias degenerativas. Las demencias de causa vascular son las segundas.

La frecuencia de la demencia se duplica cada lustro de vida, a partir de los 65 años, y se estima que más del 30 por ciento de los pacientes mayores de 85 años tiene demencia. Muchos de estos pacientes tienen una demencia tipo Alzheimer, según los estudios epidemiológicos disponibles.

Según los expertos de la Fundación Alzheimer España la enfermedad de Alzheimer es una patología es un proceso degenerativo de ciertas células cerebrales, las neuronas, en particular las que utilizan como transmisor químico una sustancia denominada acetilcolina.

Recuerdan estos expertos que en los casos de Alzheimer no todo el cerebro está afectado. Las lesiones se localizan en áreas bien definidas, lo que explica la sintomatología, es decir los signos mediante los cuales se expresa la enfermedad a ojos del resto de personas.

Las lesiones empiezan siempre en el hipocampo y en las amígdalas cerebrales. Estas áreas son las que gestionan la memoria (lo que explica los olvidos) y la vida afectiva, es decir lo que relaciona a las personas con el mundo exterior y los demás.

Esta afectación es lo que explica el cambio de carácter y de personalidad y gran parte de las conductas incoherentes e ilógicas. Más tarde se extienden a otras zonas de la corteza cerebral, en particular a los lóbulos frontales que intervienen en la vida social y relacional.

A medida que mueren las neuronas, las funciones cerebrales que las necesitan para expresarse desaparecen paulatinamente. Al disminuir las facultades intelectuales, el enfermo pierde poco a poco sus capacidades para mantener las actividades.

Éstas son instrumentales (usar el teléfono, los transportes públicos, conducir su coche…), sociales (ir de compras o de visita, ver a sus amigos o establecer nuevas relaciones, participar en fiestas) y las actividades de la vida (asearse, vestirse, comer…). La desaparición progresiva de la autonomía, es decir la posibilidad de actuar por si solo sin ninguna ayuda, conduce a una dependencia cada día más estrecha del enfermo hacia su cuidador, recalcan desde sus informes los expertos de Fundación Alzheimer España.

Comments
  1. Luis | Responder
    • Mari Carmen | Responder

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