«Los hipocondríacos me hacen mucha gracia. Rivalizan entre ellos a ver quién siente más dolor»

AGUSTÍN MARTÍNEZ ‘EL CASTA’ / ACTOR DE TEATRO Y HUMORISTA

Agustín Martínez ‘El Casta’ (Guadix, 1963) es uno de los artistas más populares de la moderna historia del teatro cómico en Mallorca. Creador de personajes tan queridos por el público como Lorenzo Llamas, Klaus Kartoffel o el doctor Tardanza, ‘El Casta’ está a punto de estrenar en el Auditorium de Palma su nuevo espectáculo navideño: ‘Ocho apellidos mallorquines’. Su presencia en el último programa del año de Salut i Força, en Canal 4 TV, ha supuesto un brillante epílogo a la trayectoria del veterano espacio sanitario en este 2019 que está a punto de decirnos adiós.

P.- En sus espectáculos, la salud siempre ocupa un lugar, especialmente a través de un personaje como el doctor Tardanza…

R.- Hago humor de lo cotidiano, y no hay nada más cotidiano que la salud. Todos, en un momento u otro, hemos de acudir al médico o ingresar en un hospital. El doctor Tardanza es un médico tremendo. Tiene mala leche, y es cañero, pero con el tiempo opté por suavizarlo un poco. En realidad, me inspiré en un antiguo político vasco, José Antonio Ardanza, que siempre ponía cara de ‘malsofrit’. Sentía interés en incorporar a un médico en mi galería de personajes, y aprovechar todas las sugerencias e historias que la gente me cuenta sobre su historial de salud.

P.- ¿Es usted hipocondríaco?

R.- No, no lo soy, en absoluto Pero conozco a unos cuantos. Rivalizan entre ellos a ver quién lo pasa peor y quién siente más dolor. Si uno cuenta que le duele la espalda, el otro replica que a él le duele aún más y que, encima, también siente molestias en el cuello. La verdad es que los hipocondríacos me hacen mucha gracia.

P.- Usted ha vivido la enfermedad en su entorno más próximo. ¿Qué balance hace de esas experiencias?

R.- He tenido que afrontar varios casos, es verdad, pero hablaré de uno en concreto, mi madre. Ella padeció Alzheimer durante los últimos años de su vida. Con mi padre fue diferente, porque no sufrió en absoluto. Un buen día se levantó de la cama, dio de comer al pajarito, volvió a dormirse, y ya no se despertó. El problema es que mi madre no aceptó la pérdida. La pena que sentía se le fue haciendo de cada vez más insoportable, y en un momento determinado el médico me avisó de que empezaba a experimentar ciertas pérdidas de conciencia que, con el transcurso del tiempo, derivaron en un cuadro de Alzheimer.

P.- Entretanto, usted tenía que seguir subiéndose al escenario y tratar de que los espectadores se divirtieran…

R.- Sí, y es muy duro. Hubo días muy complicados, eso se lo aseguro, porque, independientemente de la tristeza que puedas sentir, has de seguir adelante con tu tarea, que en mi caso no es otra que hacer reír a la gente.

P.- Pocas personas lo saben, pero usted es un gran amante de los perros. Tanto es así, que a uno de ellos lo llevaba regularmente a una fisioterapeuta…

R.- En efecto. A Lorenzo. Ya puede imaginarse en homenaje a quién le puse ese nombre…

P.- Es fácil deducirlo: su personaje más popular, Lorenzo Llamas.

R.- Estuve llevándole a la consulta de la fisioterapeuta durante cuatro años, e incluso le aplicaban acupuntura. Dicho así puede parecer una excentricidad, pero los efectos eran muy saludables. Lorenzo era un perro labrador, una raza bastante endogámica que, a causa de ello, manifiestan en ocasiones complicaciones de salud. Le trasladaba en brazos a la consulta, pero qué otra cosa podía hacer, era mi niño…. Ahora tengo un perro pequeñito. Se llama Klaus. Y seguro que adivina por qué. Klaus Kartoffel es otro de mis personajes por los que siento un cariño especial.

P.- Estamos en Navidad, una época feliz para muchas personas… pero que para otras representa sufrimiento y angustia. ¿Con cuál de los dos grupos se identifica usted?

R.- Las fiestas de Navidad son para disfrutar, pero siempre hay personas rancias que aseguran que no les gustan estas fechas. Para mí, muy al contrario, es un momento de fantasía que facilita el reencuentro con la familia y los amigos.

P.- Nació usted en Guadix, de familia andaluza. ¿Ese origen foráneo le ha proporcionado la distancia aconsejable para entender mejor a los mallorquines?

R.- Llegué a Mallorca con apenas cinco meses, en brazos de mi madre. Y sí, pienso que no haber nacido en la isla me ha proporcionado una perspectiva interesante para profundizar en la idiosincrasia mallorquina y que este bagaje se refleje en mis espectáculos humorísticos. De todas maneras, el entorno en que crecí no fue el de la típica familia andaluza. Mi madre se llamaba Margarita, y era muy seria. Yo siempre le decía que parecía mallorquina. La mezcla cultural enriquece mucho. Siempre aconsejo a mis amigos mallorquines que se mezclen, que hagan correr la sangre.

P.- Está a punto de estrenar en el Auditorium de Palma su nuevo espectáculo, ‘Ocho apellidos mallorquines’, y, por supuesto, como es tradicional, el día de Navidad. ¿Habrá muchas novedades respecto a propuestas anteriores?

R.- Mis espectáculos navideños se caracterizan por una mezcla entre el repertorio de siempre con los personajes habituales, y otros números nuevos o modificados. De todas maneras, este año intervendrá Agus Chin, al que el público no conoce demasiado. Además, he vuelto a contar con la inestimable colaboración del cineasta Marcos Cabotá, con quien he ultimado estos días el guión de una película que se titula ‘I love baby’ y que también formará parte de la escenificación.

P.- De joven, usted obtuvo una plaza como funcionario de Hacienda. ¿Qué le animó a dejarla para convertirse en artista?

R.- Si quiere que le diga la verdad, yo no busqué esta profesión. Ella me buscó a mí. Estaba predestinado, por así decirlo. Tenía entonces 30 años y, como usted muy bien ha indicado, trabajaba en Hacienda y ni me había planteado subir a un escenario. ¿Qué ocurrió? Todo comenzó cuando mi familia tuvo que hacerse cargo de la explotación de un pequeño hotel situado en Ciutat Jardí, el ‘Safari’, que hoy en día acoge un centro de la tercera edad. El negocio no funcionaba, y hablé con un alemán al que conocía para consultarle si tenía la posibilidad de llenar el hotel con turistas austríacos. Aceptó, pero a cambio me pidió que a esos clientes deberíamos ofrecerles algún tipo de espectáculo. El problema es que no teníamos dinero para contratar a nadie.

P.- ¿Y cómo se las arreglaron?

R.- Recurrimos a la imaginación. Alquilamos un vestuario, y la cocinera del hotel, la camarera y yo mismo representamos algunos playbacks. Y ese fue el momento.

P.- ¿El momento de qué?

R.- Fue ese día, cuando me sub í al escenario por primera vez, cuando me di cuenta de que ese era mi lugar. ¡Vaya morro que teníamos! Fíjese que la luz era un flexo de esos que utilizan los estudiantes. Es lo que le digo, le pusimos mucho morro. Pero salió bien, y así empezó mi carrera. Durante el primer año nos limitamos a hacer playback y perfomances, y, no se sabe cómo ni por qué, nos dimos cuenta de que la gente se reía, así que di un paso más allá y empecé a improvisar. Noté que estaba en mi salsa, y ya fue una carrera hacia adelante e imposible de parar. Con el tiempo, pedí la excedencia en Hacienda y el mundo del espectáculo pasó a ser mi única ocupación profesional.

P.- ¿Veía incompatibles ambas actividades?

R.- Es que eran dos contextos antagónicos. Cierto día, por la mañana, tuve que tramitar el embargo de las propiedades de un contribuyente. Como es lógico, el hombre debió pasar una jornada terrible, y se ve que sus amigos le aconsejaron que fuera a ver algún espectáculo de humor para distraerse. Y mire por dónde eligió el mío. Claro, ya puede imaginarse la cara de ese pobre ciudadano cuando se dio cuenta de que el artista al que había ido a ver era el mismo que le había firmado el embargo unas horas antes. Al día siguiente, tomé la decisión de dedicarme solo al espectáculo.

P.- ¿De dónde procede el nombre de ‘El Casta’?

R.- Cuando representábamos el número en el hotel tuvimos que elaborar un cartel de esos en el que te fotografían con una indumentaria de torero dibujada sobre una superficie, de manera que tú pones solo la cara, debajo de la cual figura tu nombre. Así pues, se imponía elegir un nombre artístico. La cocinera, Reyes Arnau, adoptó el de ‘La pecadora’; Isabel Pérez, el de ‘La nervio’; y yo era ‘El castañuelas’. Cuando un año después, en 1993, nos mudamos al local de Cala Gamba, me di cuenta de que era necesario acortar ese nombre. Y ‘El castañuelas’ pasó a ser ‘El Casta’.

P.- En Cala Gamba fue dando forma a sus personajes, entre ellos los de Klaus Kartoffel y Lorenzo Llamas. Hábleme de ellos…

R.- Klaus es alemán, pero, a su vez, es el personaje más mallorquín de todos los que interpreto, porque para entenderle has de comprender las particularidades de Mallorca. Los alemanes siempre me han agradecido que diera vida a este personaje, porque han notado que está hecho con cariño y con respeto, como el resto de sus compañeros de escena. En cuanto a Lorenzo Llamas, le ha ido bien en la vida, sin duda. Sin embargo, lo pasé mal las primeras veces que lo interpreté. Estaba preocupado por si la gente respondía negativamente. De hecho, me dieron el premio ‘Barco de Rejilla’…

P.- Sin embargo, la aceptación del personaje ha acabado siendo prácticamente unánime…

R.- Salvo cuatro gatos, que siempre los hay, creo que el público ha disfrutado mucho con sus historias. Lorenzo representa una imagen de Mallorca que se ha de entender: la madre beata, la tía monja… Algunos de los números han sido especialmente celebrados, como el viaje con su familia a Tierra Santa, o sus peripecias en el entonces recién estrenado aeropuerto de Palma, por no hablar de cuando reclama la concesión de la medalla al mérito turístico porque asegura que si las extranjeras regresan a la isla para hacer turismo es por él.

P.- ¿Por qué no acostumbra a incluir la actualidad política en sus representaciones?

R.- Si la política no sirve para hacer más felices a las personas, y solo provoca enfrentamientos, es que no sirve. Es cierto, no hago humor político, pero tengo la percepción de que en otras épocas había más libertad que ahora. Antes la censura era oficial, y ahora no lo es, pero eso no significa que no exista de otras maneras. Las redes sociales, por ejemplo, constituyen un elemento coercitivo, porque una publicación puede implicar que empieces a recibir insultos y descalificaciones masivas únicamente por haber expresado una opinión. En cualquier caso, mi pretensión es construir humor a partir de lo cotidiano, sin ninguna intención de crear conciencia sobre nada ni de transmitir ningún mensaje en concreto.

P.- ¿Cuál es su secreto para gustar al público?

R.- Un maestro que tuve, y al que he querido y respetado siempre, me dijo en cierta ocasión que sobre el escenario has de mandar tú. Si el público se apodera de la situación, el artista está perdido. Mi secreto es dejar que todo fluya. No soy muy dado a ensayar. Simplemente, has de tener claro en tu interior qué tipo de espectáculo o de interpretación pretendes ofrecer. A eso se le llama tener oficio. Y el oficio es lo que te salva en situaciones complicadas, como, por ejemplo, cuando te encuentras con un público poco receptivo, o estás pasando por unas circunstancias delicadas. En estos casos, renuncias a improvisar. Sales adelante con el texto que ya tienes interiorizado.

P.- Hace tiempo que no le vemos en televisión. ¿Por alguna razón en especial?

R.- No soy un animal televisivo. Mi sitio es el teatro. He hecho televisión a lo largo de mi carrera, y, para ser franco, de algunos de estos proyectos prefiero olvidarme. Por eso llegó un momento en que decidí que no quería repetir en la pequeña pantalla. En cambio, acepté una propuesta de IB3 para grabar mis espectáculos y ofrecerlos tal cual. Eso sí funcionó. Las audiencias que logramos fueron impresionantes.

P.- Otra de las líneas rojas que parece haberse autoimpuesto es el de limitar sus actuaciones a Mallorca. ¿Por qué?

R.- Me siento suficientemente reconocido y querido en la isla, y me gusta estar con la familia y con los amigos y pasear a mi perro en vez de pasarme todo el día en el hotel de una ciudad que no conoces. Sé de artistas que, cuando finalizan su representación, regresan al hotel, y ahí se quedan, fuera de sitio. No quiero eso para mí.

P.- Acabemos la entrevista como la comenzamos, es decir, con su faceta como usuario del sistema sanitario. ¿Alguna vez se ha puesto enfermo en plena actuación?

R.- Son muchos años de carrera y me ha ocurrido de todo. He sido víctima de alergias, de constipados, de molestias estomacales… Sin embargo, en el escenario te liberas. Recuerdo que en 2003 hubo una ola de calor muy fuerte durante el verano, y durante el número sentí que me mareaba y que perdía la visión. Lo pasé muy mal, pero opté por seguir con el texto y no moverme demasiado por miedo a perder el equilibrio. Poco a poco, me fui recuperando. En otras ocasiones, la emergencia ha procedido del público…

P.-¿Ah sí?

R.- Durante mis espectáculos hemos tenido hasta dos roturas de aguas, ¿qué le parece? En una de ellas vi cómo sacaban a la embarazada en volandas. Pensé que estaba borracha, pero, pobre mujer, lo que le ocurría es que el bebé que llevaba dentro había decidido salir al exterior. Más adelante, tuvo la amabilidad de mandarme una fotografía de su hija. Por supuesto, tengo muchas otras anécdotas con el público. Una vez, un espectador se dejó la dentadura. Y otro, unos zapatos. ¡Imagínese!

Entrevista especial a Agustín el Casta, seguida de tertúlia amb Soledad Gallardo, Margalida Gili, Ramon Colom i Antoni Bennasar. Programa Salut i Força a Canal 4 TV, dirigit i presentat per Joan Calafat.

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