El trastorno bipolar o la montaña rusa

Miguel Lázaro *
Psiquiatra HUSE
Coordinador del
Centro de
Atención Integral
de la Depresión.

El día 30 se celebró el día del Trastorno bipolar, que padece un cuatro por ciento de la población mundial. En la partitura del ánimo, la música límbica oscila de forma pendular y traza acordes emocionales exultantes, sublimes, cósmicos, rebosantes de hiperactividad, creatividad, energía plena, de fantasía desbordada, de felicidad y euforia extrema, de marcado egocentrismo, de noches de insomnio, de gastos sin control, de megalomanía expansiva, de hipertrofia yoica acompañada de atenuación de la dependencia y de mucho ruido en las relaciones familiares y sociales. Todo lo que se ve se desea y se intenta poseer. El tiempo es ilimitado. Pero como decía Virginia Wolf “la belleza del mundo tiene dos bordes que dividen el corazón uno es la risa que no para y el otro es la desesperación”. Pero hay otra cara en la moneda, donde la alquimia cerebral determina una sinfonía de melancolía y de depresión. La depresión no atrae a las musas y es una pócima agria que jarrea al alma. El festín de la euforia se trasmuta en la miseria más absoluta. Duelen los cojones del alma en la caverna oscura de donde uno no espera salir. Emociones congeladas y frio sin viento. No hay olores en el páramo helado de la depresión. Como decía Lord Byron (que padeció un trastorno bipolar), “la gangrena de la mente en estado salvaje, abrasa al corazón, taladra el globo del ojo hasta el cerebro, impide el paso del sol y deja un ardiente sentido de pesadez y dolor. No tengo razones para estar triste ni para que me alcance el apóstol de la aflicción”. Hay durante el año tres momentos “de riesgo”: otoño, inicio de la primavera y la primavera tardía (alrededor de San Joan).Tanto la escasa luz como la excesiva luminosidad (como ahora) puede afectar al frágil animostato del cerebro bipolar. Evidentemente el estrés cotidiano acumulativo, los duelos, los aniversarios de los duelos y sobre todo el “estrés afectivo” son factores de riesgo.

Algunos pacientes tienen duda para discriminar si es mi carácter y son reacciones emocionales normales o estoy “descompensado”, otros añoran la “fase espitosa”, otros al estar estabilizados un tiempo largo empiezan a descubrirse como personas “nuevas” o se sorprenden de su personalidad ( antes confundían el “ ser con el estar”. Tan malo es estar en el Puig Major como en Pollensa (metáfora para explicar que los altibajos).Yo siempre les digo que la antesala de la depresión es la euforia o la semieuforia .Es decir no hay mejor predictor de las bajadas depresivas que haber estado antes en las alturas. El tratamiento de mantenimiento del trastorno bipolar debe centrarse en la enfermedad y no en el episodio. Facilita los siguientes objetivos: la implicación de la familia, la adherencia terapéutica, el reconocimiento del pródromos y de los factores de riesgo de recaídas, es decir el abordaje psicoeducacional, la supervisión debe de ser regular, más en periodos de riesgo, y frecuente aunque el paciente funcione bien (6-12 anuales). La asistencia psiquiátrica en este trastorno se construye en torno a las relaciones terapéuticas( alianza terapéutica médico-paciente) que son indispensables y complicadas cuando la enfermedad dura toda la vida, es multidimensional, está asociada a factores hereditarios, es clave la adherencia terapéutica y empeora o mejora en función de factores ambientales y el curso longitudinal los pacientes con trastorno bipolar. El riesgo de suicidio (20%- ) es mayor en las fases mixtas y en los episodios depresivos. Más si existe abuso de alcohol. Hay que reconocer que hemos avanzado en el arsenal terapéutico. Teniendo siempre en cuenta que muchos no respondedores suelen ser no cumplidores. Los clínicos tenemos que trazar una línea fina entre el optimismo no realista y el pesimismo nihilista; los tratamientos no son perfectos pero hay evidencia contundente de que mejoran la evolución y la calidad de vida del paciente y de la familia.

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